Maite había tenido un día arduo en discusiones. No sólo riñó con tres de sus compañeras, sino que, además, tuvo que enfrentarse a un varón que no era de su clase. Éste era quién más le preocupaba; él era de doce grado y le había afirmado muy serio:
—Claro que ellas tienen razón, no hay Reyes Magos, ni los camellos se comen la hierba, niña tonta...
Ella jamás hubiera creído semejante cosa, ella confiaba ciegamente, con sus seis años de vida, en sus padres; ellos eran la verdad, y con mayúscula.
Aquella noche, la tan esperada, Maite, ansiosa, iba confirmando en cada acción de sus padres el error de sus amigas. Ellos no la presionaban para que se acostase temprano, ni le prohibían que se durmiera en la cama con ellos.
Ella sacó su perro a pasear, como cada noche, mientras su madre la vigilaba desde la ventana. Allí estaba ella, intentando convencer a Coqui de regresar a la casa, cuando se encontró con los esposos Jiménez; traían un paquete grande, una caja de Sears. También traían una bicicleta, pero no reparó en ello, porque su mamá le desvió la atención, señalándole que Coqui estaba pisando unas flores; ella regañó a su perrito y le hizo entrar.
A la mañana siguiente, después de extasiarse con todos sus regalos, tomó sus patines para visitar a Tamara e invitarla a jugar.
Todos sus castillos se desmoronaron, toda su fe se acabó, cuando vio a Tamara con aquella bicicleta roja que ya ella había visto. Con un movimiento inconsciente, buscó la caja de Sears, también estaba allí, era un equipo de música.
—¿Viste mis regalos, viste todo lo que me trajeron los Reyes? –preguntó Tamara, con entusiasmo.
—Sí, ya los vi –contestó Maite.
viernes 3 de julio de 2009
miércoles 17 de junio de 2009
LA VENDEDORA DE PERIÓDICOS
Ella llega muy de mañana, y desaparece al despedirse el sol. El área del parque cubre toda una manzana, y ella recorre a pasitos silentes cada milímetro de asfalto, cada pulgada de cemento, entre estas cuatro calles.
Lo mismo los vecinos de la zona que los encorbatados ejecutivos, tanto las amas de casa, como las empolvadas señoras reciben día a día una sonrisa de ella.
—Dame uno –es la frase por la que ella aprendió a reconocer a cada cliente.
No tiene amigos, y aunque tampoco enemigos, sí es objeto de burlas y maldades. Esos pequeños demonios que todos llamamos niños, con su indiferencia al dolor, con su ignorancia de la vida, quizás la despedazan un poquito cada día.
Usa una amplia falda, que sólo deja ver sus pies en aquellos zapatos de lona, que ella debe lavar cada noche, pues los lleva tan blancos, como nieve recién caída. La blusa nunca combina con la falda, pero su sobria y muy remendada ropa siempre está limpia. No sólo tiene tiznadas sus manos por la tinta de los periódicos, también su rostro se ve grisáceo por el maquinal e inconsciente gesto de apartar su pelo hacia atrás, tomándolo entre sus dedos cordial e índice, en forma de tijeras, y usando ambas manos: la derecha, para el mechón que cae sobre su hombro derecho, y la izquierda, para el mechón que cae sobre su hombro izquierdo. Su pelo rubio, amarillo como rayo de sol, derecho y liso, tapa toda su encorvada espalda. Los años ya han marcado su piel, una piel muy tostada; el sol ha hecho su faena y sus brazos resemblan surcos agrietados. Pocas veces sus ojos dirigen una verdadera mirada; es como las actrices al mirar alpúblico. Pero su mirada es profunda, si la logras alcanzar, y su sonrisa es perenne, como si toda su vida no hubiera hecho otra cosa que sonreír y, desde luego, vender esos periódicos.
Ella tiene un pasado del que todos somos parte, pero ninguno sabe algo de ella; es, quizás, nuestra más vieja conocida, aunque no podemos siquiera decir su nombre.
Y una mañana no volverá; sentiremos su falta, sobre todo, porque no tendremos las noticias del día. Después, nos iremos a comprar el periódico a otra esquina, y nunca la volveremos a pensar.
Ella es quien por años nos ha dado los buenos días con su mejor sonrisa, y nosotros, los ajenos, los absortos, los ocupados y preocupados de siempre.
Ella llega muy de mañana, no sabemos de dónde, y se va cada día con el sol, hacia algún lugar.
Lo mismo los vecinos de la zona que los encorbatados ejecutivos, tanto las amas de casa, como las empolvadas señoras reciben día a día una sonrisa de ella.
—Dame uno –es la frase por la que ella aprendió a reconocer a cada cliente.
No tiene amigos, y aunque tampoco enemigos, sí es objeto de burlas y maldades. Esos pequeños demonios que todos llamamos niños, con su indiferencia al dolor, con su ignorancia de la vida, quizás la despedazan un poquito cada día.
Usa una amplia falda, que sólo deja ver sus pies en aquellos zapatos de lona, que ella debe lavar cada noche, pues los lleva tan blancos, como nieve recién caída. La blusa nunca combina con la falda, pero su sobria y muy remendada ropa siempre está limpia. No sólo tiene tiznadas sus manos por la tinta de los periódicos, también su rostro se ve grisáceo por el maquinal e inconsciente gesto de apartar su pelo hacia atrás, tomándolo entre sus dedos cordial e índice, en forma de tijeras, y usando ambas manos: la derecha, para el mechón que cae sobre su hombro derecho, y la izquierda, para el mechón que cae sobre su hombro izquierdo. Su pelo rubio, amarillo como rayo de sol, derecho y liso, tapa toda su encorvada espalda. Los años ya han marcado su piel, una piel muy tostada; el sol ha hecho su faena y sus brazos resemblan surcos agrietados. Pocas veces sus ojos dirigen una verdadera mirada; es como las actrices al mirar alpúblico. Pero su mirada es profunda, si la logras alcanzar, y su sonrisa es perenne, como si toda su vida no hubiera hecho otra cosa que sonreír y, desde luego, vender esos periódicos.
Ella tiene un pasado del que todos somos parte, pero ninguno sabe algo de ella; es, quizás, nuestra más vieja conocida, aunque no podemos siquiera decir su nombre.
Y una mañana no volverá; sentiremos su falta, sobre todo, porque no tendremos las noticias del día. Después, nos iremos a comprar el periódico a otra esquina, y nunca la volveremos a pensar.
Ella es quien por años nos ha dado los buenos días con su mejor sonrisa, y nosotros, los ajenos, los absortos, los ocupados y preocupados de siempre.
Ella llega muy de mañana, no sabemos de dónde, y se va cada día con el sol, hacia algún lugar.
viernes 5 de junio de 2009
LA CARTA
Luis había viajado muchas millas, en una carrera desenfrenada hacia la verdad; su vida, en menos de veinticuatro horas, se había convertido en desconcierto y ansiedad. Ahora estaba en América, no podía perder ni un minuto. Dejó sus maletas en el hotel y, de inmediato, tomó un taxi.Al llegar frente a la puerta de aquella casa, su mano se extendió y pulsó el timbre con firmeza, pero con un violento salto en la boca de su estómago y una terrible ansiedad, que hacía a su respiración agitada y oprimía su pecho.
—Buenos días –saludó, cuando le abrieron; su voz era temblorosa pero audible.
—Buenos días, señor. ¿Qué deseaba?
—Quiero ver al señor Mederos –pidió él.
—¿A quién debo anunciar? –preguntó la muchacha.
—Dígale que el señor Luis Pons tiene urgencia de hablar con él.
—Sí, pase, por favor.
La muchacha de servicio le indicó que aguardara en el despacho. El corazón de Luis se agitaba cada vez más, cada segundo que transcurría. Con su vista fija en el reloj de pared, pensaba que eran años los que había vivido en aquella farsa, envuelto en toda esa trama de mentiras. Por eso, una vez descorrido el velo, sintió la profunda e ineludible necesidad de ver a este abogado. Lo sentía como un deber moral, aunque no fuera esa razón la que realmente lo impulsaba.
—Buenos días, joven.
Ahí estaba él. Sí, sin dudas era lo suficientemente viejo como para no mentir.
—Buenos días, licenciado –dijo, estrechando su mano–. Sé que le extrañará mi visita.
—No, para nada –se apuró en contestar el abogado. Luego hizo una pausa y agregó–: Siéntese y explíqueme a qué ha venido.
—Licenciado –comenzó diciendo Luis, débilmente, y tragó en seco–, tengo entendido que usted fue el abogado de la señora Randall. Es más, que tenía usted una muy estrecha amistad con ella.
—Sí, pero... –dijo Mederos, sin comprender.
—Un momento –le interrumpió Luis; era evidente que debía hablar de un tirón o, de lo contrario, no tendría fuerzas–, por favor, yo le voy a explicar, o al menos creo que me entenderá si le digo que yo soy el hijo de la señora Randall y que he venido porque quiero, necesito, que usted me diga todo cuanto sabe de ella.
—¡Caramba! –exclamó el viejo abogado, levantándose y estrechando nuevamente, pero ahora muy calurosamente, la mano del joven–. Tú eres Luisito. Hijo, no sabes el gusto que me da conocerte. Si, tu madre y yo fuimos muy buenos amigos,
—Licenciado, yo necesito saber cómo vivió, cómo conoció al hombre que fue su esposo. Todo, todo lo relacionado con su vida y con su muerte.
—Comprendo, muchacho, que estés ávido por saber de tu madre; han pasado tantos años, y seguramente no has tenido a quién acudir.
Luis se acomodó en la butaca, atento al relato que se iniciaba, su tensión comenzó a relajarse.
—Pues bien –empezó diciendo Mederos, en lo que encendía su pipa–, conocí a Dorys, a los pocos días de haber llegado ella a este país, estaba hospedada en un hotel, al que yo había ido para ver a un cliente. Al pasar por la recepción, ella escuchó que me nombraron y esperó en el lobby del hotel a que yo saliera. “Licenciado Mederos”, me dijo, “soy la señora Sáenz. Llegué al país hace muy poco y necesito un abogado. ¿Puede usted prestarme sus servicios?”.
Desde el primer momento, la vi tal cual era: firme, serena, emprendedora, y con una gran capacidad. De esa forma empecé a atender todos sus asuntos, y no teniendo amigos ni parientes aquí, se estableció entre nosotros una indisoluble amistad, que sólo se vio un tanto mermada cuando ella se casó con el señor Randall.Como sabrás, ya para ese entonces era él un millonario, bien afianzado en la industria química. Este hombre me profesó desde el principio una real antipatía, y dado que compartíamos el mismo sentimiento, hubo cierto distanciamiento entre tu madre y yo.
—¿Cómo conoció mi madre a Randall? –preguntó Luis.
—Lo conoció el verano de ese mismo año, cuando estuvimos de vacaciones en la playa. Según me dijo más tarde, el señor Randall la atrajo desde el primer momento, y al parecer, a él le ocurrió otro tanto, pues en menos de seis meses se habían casado. En todo el tiempo que duró su matrimonio pude comprobar que Randall la amó, aunque siempre pensé que ella no era feliz, y pese a esto, nunca acepté la idea del suicidio, porque, además, era una mujer muy fuerte, y te quería mucho. Eras el centro de su vida. Por ello, en cuanto supe que había muerto, llamé al señor Alan, que, además de un buen amigo, es un excelente criminalista.La noticia me había llegado como suicidio y, en efecto, al llegar a la casa, supimos que el inspector encargado del caso en sumario previo había declarado suicidio. El forense determinó el deceso entre las 11:30 p. m. y la 1:00 a. m., y aunque la autopsia aún no se había efectuado, se había comprobado que la taza de café que fue encontrada en la mesa de noche contenía residuos de un veneno de efecto intermedio, que producía la muerte como un aparente paro cardíaco, en un proceso que podía durar de cinco a treinta minutos, y existía la carta, es decir, la nota que acostumbran dejar los suicidas. “¿Qué viste, Alan?”, le pregunté yo, al salir, y él sólo respondió que a simple vista era un suicidio. La carta hablaba de que Randall tenía una amante, que en los últimos tiempos se sentía muy sola y deprimida, y que, después de cuestionarse sobre toda su vida, ésta le parecía inútil, y por tanto... “Es lo de casi siempre”, me había dicho Alan.Fuimos, no obstante, a ver a la servidumbre, yo quería investigar, estaba realmente convencido de que ella no era una mujer capaz de hacer semejante cosa, y menos con el amor y la preocupación que prodigaba a su hijo. Me preciaba de conocerla.
Interrogamos a Mary, la mucama. “Anoche los señores cenaron temprano, después el señor se fue a la biblioteca, donde tomó el café, mientras revisaba unos papeles, y la señora se retiró a su habitación”, nos dijo. “¿Tomó el café en su cuarto, entonces?”, le preguntó Alan. “No, ella no tomó café, últimamente decía que la desvelaba”, respondió. “¿Cómo explica usted que haya aparecido una taza de café en el cuarto de la señora?”, insistí. “No lo sé, señor”, fue su respuesta, “pero a las diez de la noche yo recogí el servicio de la biblioteca y el señor se fue a acostar”.
Después, interrogamos a Susan, la cocinera. “En la tarde, la señora pasó por la cocina y me indicó que la cena debía estar lista a las 8:00 p. m., pues el señor viajaría hoy temprano en la mañana y debía descansar. Así fue, después de cenar, la señora se fue a su dormitorio y el señor a la biblioteca”, dijo. “¿Dónde tomaron el café?”, preguntamos. “El señor, en la biblioteca. Yo misma se lo preparé, y Mary se lo llevó. La señora no tomó, hacía ya varios días que no lo tomaba, porque decía que la mantenía muchas horas sin sueño”. “¿Vio usted al señor esta mañana?”, indagó Alan. “Sí, se levantó a las seis de la mañana, desayunó en la cocina y luego se fue”.
Salimos de la casa sin ver a Randall; había salido en avión para New York, y, aunque estaba enterado, no llegaría hasta la tarde.“Bueno, John”, me dijo Alan, “aquí sólo falta el café”.
Los recuerdos fueron interrumpidos por Karen, que traía una merienda, y Luis aprovechó para preguntar.
—Licenciado, quisiera que usted me contara cómo fue la vida de mi madre antes de venir a este país. ¿Qué era lo que sabía usted de ella, que lo hacía estar tan convencido de que no podía haberse suicidado?
—Tu madre era una mujer adorablemente fuerte y con gran sentido común. Desde los diecinueve años, cuando salió del internado, administró una cuantiosa fortuna. Había sabido enfrentarse victoriosa a la vida en todos sus matices. Sola había salido de muchas situaciones duras. Su vida no había sido nada fácil, hasta los veintisiete años, cuando yo la conocí, y ese temperamento no podía haberse debilitado de tal forma, sólo porque su esposo tuviera una amante; máxime, cuando su ilusión eras tú. Así mismo se lo expliqué a Alan, tratando de inocular en él esa certeza, pero también había algo más, y creo que eso fue en verdad lo que decidió a Alan.“¿Crees tú que una mujer al borde del suicidio, tan hastiada de la vida, saca boletos de viaje, para darle una sorpresa al marido en el aniversario de bodas?”, le comenté. “Espera, John, sé más explícito”, se sorprendió él.
Sí, la tarde de ayer”, le conté, “la señora Randall y yo nos encontramos en una cafetería. Yo tenía que entregarle unos documentos, y estuvimos conversando. Me dijo que había preferido que nos encontráramos en esa cafetería, porque debía llegar temprano a su casa, ya que el marido saldría de viaje al día siguiente, y mi oficina le quedaba un poco lejos; sin embargo, aquella cafetería le quedaba muy conveniente, ya que en esa misma calle quedaba la agencia de pasajes en la que ella recogería sus dos boletos para Atenas. Era una sorpresa para su esposo, ya que dentro de una semana cumplirían cinco años de casados, y volverían al lugar en donde habían pasado su luna de miel”. “¿Dónde están esos pasajes?”, preguntó Alan. “No lo sé, supongo que entre sus cosas”. “Hay que encontrarlos. Creo que me convenciste, mañana iremos a ver al señor Randall”.Quedé conforme, sabía que en manos de un fiscal como Alan encontraríamos al asesino. Estaba seguro de que tu madre no se había suicidado. La conocía muy bien. Desde luego que lo de la amante de Randall era verdad; hacía poco más de un año que éste estaba discretamente enredado con Helen Lampor, de quien no se tenía más antecedentes, sino que era rica y viajaba constantemente; pero Dorys lo sabía y no le preocupaba, según me había dicho. Era una mujer muy curtida por la vida, y de los hombres ya tenía su experiencia, bastante desagradable, por cierto, cuando se casó con Randall.Por ella misma supe que, teniendo diecinueve años, recién salida del colegio, había conocido a un joven. A ella, huérfana, sin consejos ni protección, a una edad como aquella, la ilusión, el amor, todo como un velo azul, la había envuelto, y te tuvo a ti. Desde luego, el niño rico, tu padre, ya para ese entonces no la veía más. Toda temperamento, enfrentó esto sola: trabajó, se labró un nombre en el mundo publicitario, y, pasados unos años, decidió venir a América, para extender sus negocios. A ti te dejó estudiando, y todos los veranos pasaba contigo los tres meses de vacaciones que tú tenías. En esto consistía su vida, y decía que los hombres eran más sensibles a las reacciones que cualquier otro animal, y que Robert Randall sólo tenía una reacción instintiva hacia esa mujer, que no la afectaba a ella en lo absoluto.
Al día siguiente, como habíamos convenido, fuimos a ver a Randall.“Buenos días, señor”, entré diciéndole, “créame que lamento profundamente su pérdida”. “Lo sé”, me contestó, “usted era un buen amigo de mi esposa”.“Permítame presentarle al señor Alan”, agregué, “quien también conoció a su esposa, y quien, además, es un especialista en criminología”.En ese momento, notamos a Randall muy nervioso.“Discúlpeme que vengamos a tratar un tema tan delicado”, le abordé, “pero creo que, como abogado de la señora Randall, tengo el deber de transmitirle a usted mis inquietudes y pedirle su autorización para que el señor Alan investigue lo sucedido, a fin de encontrar la verdad. Porque yo, señor Randall, no creo que Dorys se haya suicidado”. No fue ni fácil, ni difícil, sencillamente Randall parecía un hombre sin voluntad, todo su genio se había evaporado.Las investigaciones comenzaron, y con ellas las contradicciones, los cabos sueltos, y los interrogantes. Yo, de todo eso, sólo era un espectador, un espectador muy interesado e impaciente. Por esto, al cabo de los tres días, me aparecí en las oficinas de Alan. Lo encontré realmente desconcertado, y con un expediente lleno de hallazgos, cada uno de los cuales confirmaba mi teoría. “El resumen es el siguiente”, dijo el abogado, sacando de un archivo una gruesa carpeta, en la que al parecer había guardado meticulosamente todo documento o recorte de periódico relacionado con el caso. A continuación, me leyó las siguientes conclusiones:
1. Los pasajes nunca aparecieron, y Randall desconocía este hecho. No obstante, en la agencia de pasajes constaban como vendidos a nombre del señor y la señora Randall.
2. El veneno utilizado era un producto en experimentación. Por lo tanto, no se producía más que en un laboratorio de investigaciones, de una de las fábricas del señor Randall, al cual no tenían acceso más que cinco personas, sin conexión alguna con la víctima y el propio Randall.
3. Nadie en la casa vio a Dorys servirse el café y no aparecieron huellas en la taza, ni siquiera las huellas de ella.
4. El señor Randall alega haberse acostado a las diez p. m. (hecho corroborado por las declaraciones de toda la servidumbre), haberle dado las buenas noches a su esposa, que aún estaba despierta. Dice que al levantarse la mañana siguiente no la despertó, pues no era su costumbre.
5. La amante, reconocida por el señor Randall como una relación informal y fortuita, declaró que, aunque no existía algo formal entre ellos, sabía que últimamente no marchaban bien las cosas en el matrimonio.
6. Yo, como abogado, había declarado tener en mi poder documentos firmados por Dorys, en los que traspasaba un número no pequeño de acciones a Randall, que dichos documentos me fueron enviados por correo (cosa no usual) por el abogado de Randall, y que Dorys me dijo que no se acordaba de los citados documentos.
7. El testamento deja dos herederos a partes iguales: su marido y su hijo.
Finalizada la lectura, Alan continuó su relato. “Hasta aquí, no hay algo en claro”, me dijo, “el único con motivos económicos es el marido, ya que el hijo queda descartado. A mí no me parece suficiente motivo, porque, aunque el dinero nunca está de más, Randall no lo necesita. Por otra parte, su amante no es una relación lo suficientemente sólida, ni pasional, como para llevarlo a deshacerse de su esposa. Alan hizo una pausa, y luego continuó: “Pero, pese a todo, resulta el único sospechoso, ya que el suicidio no tiene móvil aparente. ¿A quién se le ocurre comprar boletos de avión para celebrar el aniversario y matarse en el mismo día?”
“Claro”, le dije, muy seguro, “eso fue lo primero que pensé. Pero si fue él, ¿cómo vamos a encontrar el porqué?” Alan me respondió: “Empecé diciéndote, John, que mientras más datos colectaba, más interrogantes aparecían”. “Dices que no hay huellas”, dije, como pensando en voz alta. “No, y eso hace descartar el suicidio. No tiene sentido que ella borrara sus propias huellas, hacer desaparecer los pasajes, en fin... Esta tarde voy a ver al inspector, es necesario reabrir el caso”.
Salí del despacho de Alan lleno de inquietud, pero con la total certeza de que Randall había matado a Dorys. A partir de ese día, comencé a perseguirlo, a visitarlo, hablándole de ella y de todo lo sucedido, llegué casi hasta la tortura. Quería meterme dentro de él, quería penetrar su cerebrito. “¿Por qué la mataste, infeliz?”, pensaba. No conseguí mucho, hasta un día en que le dije: “Sabe, Randall, nadie más que usted parece sospechoso a la policía, porque nadie más se beneficia con su muerte y nadie cree ya en el suicidio. Yo sé que ella era una mujer superior, que poseía una inteligencia por encima del promedio, y esa estupidez de los celos era absurda para ella. ¿Qué cree, señor?”Le vi claramente desconcertado, su rostro se demudó, todos los músculos de su cara se contrajeron, y, lleno de ira, me preguntó: “¿Cómo me lo pregunta?”
“Solamente como amigo de ella. Usted debió conocerla bien”, le respondí.“Eso creí, hasta un día, y por eso la amé, la admiré”. Hablaba, sin tenerme en cuenta. “Era una muy inteligente mujer, era superior, sí, pero no tenía corazón, o sí, tenía un corazón frío y calculador. Fue siempre cruel, hasta para morir. Era de los enemigos escudados, a los que cuesta conocer, a los que es preciso matar”.De pronto, dio un golpe en su escritorio y sacudió la cabeza, como saliendo de un letargo. Entonces me dijo con voz descompuesta: “Mire, licenciado Mederos, mi mujer está muerta, y, opinen lo que opinen la policía y usted, yo no deseo hablar del tema. Ahora, por favor, déjeme solo. Estoy cansado, otro día nos veremos”.
Como comprenderás, ese día fue decisivo para mí, de inmediato, llamé a Alan y le dije: “Tienes que encontrar una pista”.Después vino el desenlace de una forma casual y hasta infantil. Alan me visitó y me dijo: “Te traigo buenas noticias”, a modo de saludo. Luego, sin darme tiempo a pronunciar ni una sílaba, continuó: “Encontré la prueba que tanto hemos buscado, la carta, John. ¡Qué astuto!, pero ya hice el sumario, se iniciará el proceso contra Robert Randall”.
“No te entiendo, Alan, explícate”, le dije.
“Verás, tengo un sobrino maravilloso. Lo mandaré a estudiar al extranjero”, comentó. Enseguida, siguió diciendo: “Anoche, yo me devanaba los sesos, y el eslabón que faltaba no aparecía. Me quedé rendido sobre el escritorio, y esta mañana, Tony me llevó allí el desayuno. El chico me preguntó: ‘¿Qué pasa, tío?, el caso es muy complicado’. ‘Sí’, le contesté, ‘me falta una prueba para mandar a la silla eléctrica a un asesino’. ‘¿Y cómo sabes que es el asesino?’, me preguntó él. Le contesté, tratando de reflexionar sobre los pasos dados, repitiendo en voz alta todos los detalles. En tanto, él se había acercado y leía los papeles. ‘¿Esta carta la dejó la muerta?’, volvió a preguntar. ‘Sí, ese es uno de los factores que complica las cosas’, le contesté. Él me dijo: ‘Tío, ¿no será falsa?’ Le dije que tú, como abogado de la señora, habías identificado la firma, y que ya se fuera, que yo tenía mucho trabajo. Pero puedes creerme que aquella frase de Tony prendió en mi cerebro, y me fui a ver a un perito. No es de ella, es de él. ¿Te das cuenta?”De esta forma, quedó todo resuelto, o casi todo, porque, en realidad, nunca llegué a saber por qué Randall lo había hecho. Pero, ironías de la vida, yo tan convencido, tan aferrado a la verdad, y teniendo la oportunidad de hallar la prueba, no me di cuenta de lo de la firma. Claro que era una imitación perfecta.
Lo demás fue todo rutina: un juicio breve. Randall se negó a declararse culpable, pero no tenía la fuerza suficiente como para declararse inocente, sencillamente calló.
—Entiendo, licenciado, usted me ha aclarado muchas cosas que yo desconocía, pero ahora quisiera que usted me escuchara. Yo quiero añadir algo que falta en su relato –dijo, por fin, Luis.
—Si, muchacho, habla. No sabes cuánto he deseado poder hacer algo por ti, algo en recuerdo a la memoria de tu madre –le contestó Mederos.
—Hace sólo unos días, cumplí la mayoría de edad, y vino a verme el señor Lord, el abogado y tutor que me dejó mi madre al morir. Traía un sobre, y el contenido de éste eran hojas escritas de puño y letra por mi propia madre, en las que me contaba toda su vida, aún antes de mi nacimiento. Permítame leerle algunos fragmentos, para que usted comprenda porqué he venido y cómo me siento.A continuación, Luis leyó:
Quedé huérfana a los dos años; mis padres murieron en un accidente. Desde entonces, fui una niña solitaria, encerrada en el mejor colegio de Inglaterra, teniendo por único afecto y única visita al señor Lord. A los dieciocho años, ya había cobrado conciencia de que disponía de una gran fortuna y que debía invertir. Vivía entre la frialdad de los números y la soledad de mí misma, ya para entonces, sabía el interés que movía al mundo: el dinero.Conocí a un joven abogado, que visitaba Inglaterra varias veces en el año, por cuestiones de trabajo, pero nunca hablamos de dinero, creo que jamás supo de mí otra cosa que no fuera que le amé desde el primer día. Tuve de él todo el calor y la ternura que había faltado a mi vida desde que murieron mis padres. Nos amamos intensamente, y de ese amor sin leyes, pero puro y verdadero, naciste tú. Cuando le dije a Luis, así se llamaba tu padre, que estaba embarazada, me dijo que volvería inmediatamente a los Estados Unidos, para cerrar todos sus asuntos, y en un mes estaría de vuelta para casarnos. No pudo volver, lo asesinaron.
Hacía meses había hecho unos trabajos para cierto individuo, según me había comentado, las operaciones eran de poca monta. Sin embargo, el hombre en cuestión parecía tener mucho dinero, y él creía que estaba metido en algo sucio. Al irse por última vez, tu padre me dijo que hablaría con ese sujeto, pues no quería seguir trabajando para él, y en una llamada que me hizo dos días antes de morir, para avisarme que había sacado pasaje, me confesó tener cierto temor, pues el hombre le había amenazado.
Luis hizo una pausa y luego continuó:
—Después, mi madre me cuenta todo lo que sufrió y trabajó para hacerse de un nombre y garantizarme el porvenir, y me explica por qué me dejó internado y viajó a América. Siempre me dijo que lo había hecho a fin de expandir el negocio, pero lo cierto era que había venido a saldar una deuda. “Me debes disculpar, hijo”, me dice mi madre en su relato, “te amo, pero ese hombre frustró mi vida y la tuya, y debía pagar por su crimen”.Claro, esto se refiere a que cuando mi padre murió, todo quedó como un accidente. Según las noticias, lo encontraron ahogado en la playa y la mujer que lo acompañaba declaró que se habían hospedado en una cabaña. Dijo que estaban celebrando, y que él, después de tomar más de lo acostumbrado, había querido salir a pescar durante la noche. Pero mi madre sabía que él le tenía pánico al mar, que jamás pescaba, ni salía en bote. Además, esa misma tarde la había llamado para confirmarle que saldría en avión esa noche. Mi madre sabía que no era un accidente, y se sentía obligada a cobrarle su crimen al asesino.“Robert es un hombre poderoso, nunca habría podido probar su crimen, pero logré la venganza a través de mi propia muerte”, leyó el muchacho.
—Entonces Robert Randall fue el hombre que según Dorys mató a tu padre –interrumpió Mederos, realmente desconcertado.
—Sí, aquí están los recortes de periódico sobre el suceso y algunas cartas de mi padre para mi madre. Cuando leí todo esto, decidí saber más. Iba a escribirle a usted, ya que ella me habló siempre expresándose de usted como su único amigo, pero preferí venir personalmente.
—Pero, ¿cómo vengó aquel crimen con su muerte, cómo se dejó matar, o, mejor, cómo sabía que Randall la mataría? No, no, esto no está claro.
—Sí, sí está muy claro, porque ella se suicidó.
—No entiendo, muchacho, me tienes de un asombro a otro.
—Es sencillo, lo hizo de manera que todo lo culpara. Según me cuenta, él mismo le facilitó el veneno, con el pretexto de que ella necesitaba conocer la nueva fórmula, ya que había invertido capital en ese experimento; sabía que él no iba a declarar esto, porque trabajaría en su contra.
—¿Y la firma?
—Es más sencillo aún. Estando recién casados, ella le demostró su habilidad para imitar firmas, diciéndole que desde pequeña constituía un juego para ella, y lo retó a que intentara imitar la de ella; él aceptó el reto e insistió, hasta que un día le mostró una que le había quedado perfecta, y ella la guardó celosamente. Recuerde que al venir a este país ya la idea estaba concebida. Fue una labor de años.
—¡Qué paciencia!, es casi increíble –exclamó Mederos–. Randall nunca llegó a saber, para él fue condenado injustamente.
—Se equivoca, eso también lo previó.
—¿Qué quieres decir, hijo?
—El señor Lord me entregó también un sobre, que envió Robert Randall desde la prisión; creo que usted sabrá que nosotros nos conocíamos, a pesar de que nunca intimamos, por motivos aparentemente triviales, cuya única razón fue que mi madre lo impidió a toda costa. No obstante, él no quiso morir sin pedirme perdón por la muerte de mi padre y sin hacerme saber que no había matado a mi madre.
Escuche su relato, esto dirá la última palabra en todo este asunto –dijo Luis.
Enseguida, comenzó a leer:
(...)
—Buenas noches.Cuando levanté la vista, tenía ante mí a una esplendorosa mujer.
—Buenas noches, señorita –le contesté.
—¿Le molestaría si me sentara a su mesa?Así llegó a mi vida y se adueñó de ella. La amé con toda intensidad y me entregué a ella absolutamente. Creo que le di lo único bueno que había en mí. ¡Qué estúpido fui! Fue una enemiga superior; sí, inteligente, fría, calculadora, fuerte y cruel. Hace tres años, una tarde, la encontré sentada sobre la alfombra de su habitación, revolviendo unas cajas con recortes de periódicos. Le pregunté si buscaba algo, y me dijo:
—Robert, ¿te acuerdas de esta noticia? –dijo, mostrándome un anuncio en el que se leía: “Fue encontrado ahogado el abogado Luis Pons”.
—No, no recuerdo –le respondí.
—Robert, este hombre trabajo para ti, según tú me contaste.
—¡Ah!, sí, ya sé, ese idiota. Muy recto, tanto, que desperdició la oportunidad de ganar mucho dinero. Esperaba un hijo y no podía defraudar a no sé qué romántica noviecita.
—¿Y cómo la desperdició?
—Nada, le dije que aceptaba su renuncia, que pasara por mi casa a recoger su cheque. Cuando llegó, le invité a una copa, era la mejor forma de despedirse. La bebida contenía un narcótico, fue cayendo en un sopor, hasta quedar rendido. Después, mis empleados lo llevaron con Patty a la cabaña, y a la media noche lo montaron en un bote y lo tiraron al mar.
—¿Y el hijo?
—¡Qué sé yo!, pero, ¿a qué viene todo esto?, ¿escrúpulos?, no los concibo en ti.
—No, desde luego, más bien curiosidad. Y dime, ¿qué fue de la joven que lo esperaba?
—No lo sé, supongo que creyó la noticia y rehizo su vida.
—Robert, ¿sabes qué haría yo si fuera esa mujer?
—Algo horrible, seguramente, porque eres una mujer terrible; tienes la astucia y el valor de cualquier hombre.
—Sí, me vengaría de ti. Fuiste un canalla.
—Tú hubieras hecho otro tanto, tus negocios siempre los has defendido por encima de todo. Por eso nos entendimos tan bien desde el principio. Pero, ¿qué harías?
—Bueno –empezó a decir, con mucha serenidad–, primero hubiera utilizado mis armas femeninas para conquistarte y hacerte mío, pero mío con todo tu amor y toda tu confianza, y después me mataría.
—Vamos, te creí más inteligente. ¿Qué sacarías?
—Espera, aún no he terminado, me mataría, dejándote a ti como culpable. Lo haría con un veneno de los que tú produces, y a los que sólo tú tienes acceso, y, además, dejaría una carta suicida.
—Pero, así sabrían que te suicidaste.
—No, mi amor –dijo, marcando cada letra de la palabra amor–, la carta les daría la pista; y créeme, te culparían a ti. Eso te lo aseguro.
martes 19 de mayo de 2009
LA CAÍDA
La tarde caía, cuando aún era temprano, como siempre, en esta helada época del año. La fábrica iba quedando en un absurdo silencio, después de un ruidoso día de trabajo. Los empleados, forrados en abrigos, guantes, gorros y bufandas, salían a la calle, desafiando el cortante aire invernal.
En forma cuidadosa pero apresurada, cruzaban la calle hacia el parqueo, que a esta hora se encontraba cubierto por una gruesa película de hielo, sobre la cual esperaban los autos, en su mayoría tapados por la nieve y con la escarcha dura de todo el día, que se había acumulado en sus cristales, por las temperaturas bajo cero.
Es sumamente peligroso caminar, cuando todo está cubierto de hielo e, inclusive, usando zapatos apropiados, se corre el riesgo de caer, como se cayó Neny. Fue un resbalón rápido y sin estrépito, pero doloroso para ella, que quedó completamente tendida sobre su costado izquierdo.Las personas, al pasar por su lado, solícitas y corteses, le preguntaban:
“Are you okay?”, y continuaban con su agitado paso, sin dar tiempo a que ella respondiera. Ella dirigía su vista ansiosa a cada uno, esperando que alguien la ayudase a levantar, tarea que le estaba resultando demasiado ardua, pues sus botas resbalaban en cada intento, por lo que volvía a caer, unas veces de rodillas, otras del lado derecho, otras boca abajo.
Sus compañeros se acercaban, la miraban alarmados, y ella trataba de sonreír, esperando ayuda.
—Are you okay? –preguntaban, con expresión lastimosa en el rostro, para seguir, sin esperar respuesta.
Neny se sintió defraudada, irritada, desesperada, decepcionada; pero eso fue sólo porque era la primera vez. Después aprendió que todos habían sido muy atentos y amables, sin involucrarse, como es la costumbre aquí.
En forma cuidadosa pero apresurada, cruzaban la calle hacia el parqueo, que a esta hora se encontraba cubierto por una gruesa película de hielo, sobre la cual esperaban los autos, en su mayoría tapados por la nieve y con la escarcha dura de todo el día, que se había acumulado en sus cristales, por las temperaturas bajo cero.
Es sumamente peligroso caminar, cuando todo está cubierto de hielo e, inclusive, usando zapatos apropiados, se corre el riesgo de caer, como se cayó Neny. Fue un resbalón rápido y sin estrépito, pero doloroso para ella, que quedó completamente tendida sobre su costado izquierdo.Las personas, al pasar por su lado, solícitas y corteses, le preguntaban:
“Are you okay?”, y continuaban con su agitado paso, sin dar tiempo a que ella respondiera. Ella dirigía su vista ansiosa a cada uno, esperando que alguien la ayudase a levantar, tarea que le estaba resultando demasiado ardua, pues sus botas resbalaban en cada intento, por lo que volvía a caer, unas veces de rodillas, otras del lado derecho, otras boca abajo.
Sus compañeros se acercaban, la miraban alarmados, y ella trataba de sonreír, esperando ayuda.
—Are you okay? –preguntaban, con expresión lastimosa en el rostro, para seguir, sin esperar respuesta.
Neny se sintió defraudada, irritada, desesperada, decepcionada; pero eso fue sólo porque era la primera vez. Después aprendió que todos habían sido muy atentos y amables, sin involucrarse, como es la costumbre aquí.
martes 5 de mayo de 2009
LA INTERMINABLE NOCHE DE LA MARIPOSA
Me desperté a las nueve de la noche, para mí comenzaba el día. Me levanté de mal humor, y no sabría decir el porqué, sencillamente me odiaba a mí mismo. Me di una ducha, para sacar el calor de las sábanas de mi cuerpo, y salí, para ir a la cafetería donde usualmente comía. Por el camino, un carro casi me aplasta al cruzar en la bocacalle; llené el aire de improperios, y seguí andando y pensando, ¿en qué?, en que otra cosa podía pensar que en lo absurda y, sobre todo, azarosa e injusta que es la vida. Harto, harto, harto de todo, en realidad, no quería ni comer, pero en algo tenía que emplear mi tiempo. Mi tiempo, lo peor de todo; y esta noche que no tenía trabajo en la fábrica sería peor. Al menos, cuando trabajaba entre el ensordecedor ruido de las máquinas y la vulgaridad de aquellas mujeres, caminando de un lado a otro para cambiar un fusible o pelar un cable, ese tiempo que aborrezco, pasaba más o menos rápido. En cambio, hoy sería interminable. ¿Qué haría aquella mariposa en el techo?, estaba posada justamente encima de mi cama. Nada bueno, supongo que quizás traiga un gramo más de mala suerte a mi vida. Como si ya no tuviera suficiente.
—Buenas noches –me dijo, sonriente, la camarera, cuando entré.
—Para usted –fue mi respuesta.Ella me miró, entre burlona y resignada, me puso el menú en las manos y siguió atendiendo a otros clientes. Como se demoraba, y yo tenía apuro. ¿Apuro yo?, bueno todos siempre están apurados, ¿no?
—Hey, ¿no me va a atender? –le grité.
—Calma, amigo –me dijo un sujeto que se sentaba en el extremo opuesto de la barra.
—No es contigo –le respondí.
—Baja la voz –me ordenó.
—¿Quién coño te crees?, pedazo de imbécil –grité aún más fuerte.
Aquel desmedrado se me abalanzó, sacándome literalmente a patadas del establecimiento. Después supe que era el dueño. Quise volver a entrar para fajarme, pero, como decididamente no era mi día, a la sazón de mi escándalo, apareció un carro patrullero. “Éstos, que jamás aparecen cuando uno los necesita, y ahora...”Salí corriendo, pues, como iban las cosas, podía hasta terminar preso. Corrí como unos diez bloques, y al recostarme en un muro, me di cuenta de que tenía sangre en un codo y en la barbilla. Decidí volver a la casa para cambiarme de ropa, pues en esa facha sería mal mirado donde quiera que fuera. “La verdad es que hoy me he levantado tan mal, que hasta me pareció que la mariposa me hablaba cuando la miré”. En eso iba pensando, cuando vi un perro que venía a mi encuentro. Me quedé petrificado, y en eso volví a ver a la mariposa posada sobre una verja. El perro pasó corriendo sin mirarme, y yo me volví hacia ella y le dije:
—¿Me estás persiguiendo?, ¿qué buscas?La oí, sí, la oí decirme:
—Yo soy libre, ¿tú no?
—Estúpida mariposa –le vociferé–, claro que soy libre.Y seguí mi camino, mientras ella decía:
—Libertad es amor.
Dos cuadras antes de llegar a mi casa, sentí un intenso dolor en la cabeza, y todo se me puso negro. Cuando volví a abrir los ojos, lo primero que vi fue a esa mariposa, posada ahora sobre un muro.
—Tú –le grité–, déjame en paz.
—Paz es lo que tú debes buscar –me respondió.
En ese momento me percaté de que el dolor de cabeza había sido un golpe, porque tenía una protuberancia, es decir, un chichón; me faltaba la cadena, la billetera y el reloj. “¡Zas!, lo que faltaba”, pensé, “pero, ¿hasta cuándo me va a perseguir la jodida calamidad? El mes pasado me chocaron el carro, pérdida total, y encima, el policía dijo que yo era el culpable. El mes anterior entraron en la casa, mientras yo estaba en el trabajo, y me dejaron pelao... Y todavía no quieren que diga que el infierno es vivir, que peor que esto no puede haber nada. Sucederme a mí estas cosas, yo que nunca me meto con nadie, trabajo en forma disciplinada, guardo cada kilo, porque la vida está muy dura, y no confío ni en mi propia sombra, pero, ¡coño, siempre me dan!”
—Piensa bien –volví a oír.
—Decididamente, debo de estar loco –dije–, mira que creer que esa estúpida mariposa me habla –y manoteé al aire, tratando de espantarla.
—Me espantas, como a tu suerte –me dijo.
—Cállate ya, no te soporto.
—Si amaras a la vida, tendrías mejor suerte.
Ni le contesté y seguí el camino a casa. “Si al menos alguien me amara”. Ella revoloteó frente a mi cara y me dijo:
—¿A quién amas tú?
—A nadie –le grité.
—Esa es la razón de todo, tonto –me respondió.
Me tapé los oídos y salí corriendo hasta el recodo del edificio en el que vivía. Ya no la soportaba más, entré y me aseguré de cerrar la puerta detrás de mí, revisé todas las ventanas y me tiré en la cama... Allí estaba ella, en el techo, como cuando desperté. Fui al clóset de la cocina, cogí la escoba, y llegué al cuarto, dispuesto a despedazar a esa intrusa. No la vi. Busqué en el baño; allí estaba. Me le abalancé, golpeándolo todo, sin poder atinarle.
—Bruja, te voy a desguazar, ¿qué crees? –le gritaba.
Ella, por su parte, me contestaba:
—Piensa lo bueno, y eso verás. Ama, y recibirás amor.
—Cállate, bruja –le decía yo, y seguía corriendo por toda la casa, derribando muebles y adornos, sin poder darle ni un golpe.Sonó el timbre de la puerta, y al abrir, me encontré con dos oficiales de la policía.
—¿Qué sucede? –pregunté.
—Tenemos una denuncia por escándalo, señor –me respondieron.
—¿Qué dice?, ¿cuál escándalo? –respondí, airado.
El policía más bajito de los dos miró hacia adentro y me dijo:
—¿Cree usted que se puede destruir un apartamento de esa manera, a las dos de la madrugada, sin armar escándalo?
Volví la vista al interior, y en efecto, parecía que había pasado un tifón.
—¿Dónde está el oponente? –me preguntó.
—¿Qué oponente ni ocho cuartos?, estoy tratando de deshacerme de una intrusa –le dije.
—¿Dónde está? –volvió él a preguntar.
—No sé, se me ha perdido.
—Con su permiso –me dijo el policía más alto, haciéndome a un lado, entró y registró todo el apartamento. Le hizo un gesto al otro, y me dijo a mí:
—Tiene que acompañarnos.
—Pero, ¿por qué?
—Ya le dijimos que hay una denuncia.
—Vayan a la mierda con su denuncia, no voy a ninguna parte.
Forcejeamos, hasta que ellos me redujeron y me pusieron las esposas. Al salir del edificio, la vi en el techo del auto patrullero.
—Ahí está –grité–. Mírenla.
—¿Dónde?
—En el techo de su carro.
—¿Ahí?, sólo veo a una mariposa.
—Sí, es ella, suéltenme, déjenme atraparla. Habla –le dije a ella–. Diles que me has estado atormentando. ¡Habla, coño!
Me metieron en el carro, y me llevaron a la estación de policía. Me encerraron en una urna, bueno, en una celda moderna, que es de paredes de cristal. Aún estaba esposado, cuando la vi en el piso, y desenfrenadamente, zapateé para aplastarla, pero, nada, armé otra algarabía y ellos entraron.
—Te vas a estar quieto o no vas a salir nunca de aquí –me dijo un policía.
La miré con odio, con profundo rencor; me quedé quieto, más me valía.
—Sólo trato de ayudarte, sólo quiero decirte que tu forma de pensar atrae la mala suerte que te acompaña, y que hasta que no ames al menos a un ser humano, a un animal, a ti mismo, vivirás en el infierno en que te hallas –era nuevamente la vocecilla de la mariposa.
—Pero, ¿quién eres? –le pregunté, esta vez llorando.
—Soy tú, pero tú de verdad. Repite conmigo –me dijo–: Yo soy la vida, la vida es amor, yo amo a todos, y todos me aman a mí. Yo tengo la vida llena de amor. Dios es amor, y yo amo a Dios. Pero, siéntelo en tu corazón, confía en que estas palabras cambiarán tu vida.
Repetí todo aquello, sin sentido para mí.
—Vuelve a decirlo, hasta que realmente lo sientas –me pidió ella.
Lo repetí una y otra vez, hasta que, de pronto, sentí que mi pecho se hinchaba, que una agradable sensación me invadía, y todo lo vi claro; miré a la mariposa, y descubrí que tenía hermosos colores, y que su vuelo era suave y acariciador.
—Estás libre, y que te sirva de escarmiento –me dijo un policía, dejándome la puerta abierta.
Salí de la estación de policía, ya había amanecido y el sol brillaba radiante, el cielo lucía espléndido y todo el mundo sonreía. Tomé un taxi, y al llegar a la puerta del edificio, me acordé de que no tenía dinero; la noche anterior me habían asaltado. Hurgué en mi ropa, y en mi bolsillo estaba la billetera, luego miré mi muñeca izquierda, y tenía mi reloj; me toqué el cuello, y me colgaba la cadena; llevé mis manos a la cabeza, y no me dolía. Le pagué al chofer y le deseé un muy buen día. Entré a mi apartamento, y había un perfecto orden. Estaba muy sorprendido, también muy confuso. Al entrar al cuarto, miré hacia el techo; ella no estaba, pero en el espejo de la cómoda había escrito un mensaje:
Todo en el Universo mantiene un Orden,cuando se cumple la Ley 1:
Amor.
—Buenas noches –me dijo, sonriente, la camarera, cuando entré.
—Para usted –fue mi respuesta.Ella me miró, entre burlona y resignada, me puso el menú en las manos y siguió atendiendo a otros clientes. Como se demoraba, y yo tenía apuro. ¿Apuro yo?, bueno todos siempre están apurados, ¿no?
—Hey, ¿no me va a atender? –le grité.
—Calma, amigo –me dijo un sujeto que se sentaba en el extremo opuesto de la barra.
—No es contigo –le respondí.
—Baja la voz –me ordenó.
—¿Quién coño te crees?, pedazo de imbécil –grité aún más fuerte.
Aquel desmedrado se me abalanzó, sacándome literalmente a patadas del establecimiento. Después supe que era el dueño. Quise volver a entrar para fajarme, pero, como decididamente no era mi día, a la sazón de mi escándalo, apareció un carro patrullero. “Éstos, que jamás aparecen cuando uno los necesita, y ahora...”Salí corriendo, pues, como iban las cosas, podía hasta terminar preso. Corrí como unos diez bloques, y al recostarme en un muro, me di cuenta de que tenía sangre en un codo y en la barbilla. Decidí volver a la casa para cambiarme de ropa, pues en esa facha sería mal mirado donde quiera que fuera. “La verdad es que hoy me he levantado tan mal, que hasta me pareció que la mariposa me hablaba cuando la miré”. En eso iba pensando, cuando vi un perro que venía a mi encuentro. Me quedé petrificado, y en eso volví a ver a la mariposa posada sobre una verja. El perro pasó corriendo sin mirarme, y yo me volví hacia ella y le dije:
—¿Me estás persiguiendo?, ¿qué buscas?La oí, sí, la oí decirme:
—Yo soy libre, ¿tú no?
—Estúpida mariposa –le vociferé–, claro que soy libre.Y seguí mi camino, mientras ella decía:
—Libertad es amor.
Dos cuadras antes de llegar a mi casa, sentí un intenso dolor en la cabeza, y todo se me puso negro. Cuando volví a abrir los ojos, lo primero que vi fue a esa mariposa, posada ahora sobre un muro.
—Tú –le grité–, déjame en paz.
—Paz es lo que tú debes buscar –me respondió.
En ese momento me percaté de que el dolor de cabeza había sido un golpe, porque tenía una protuberancia, es decir, un chichón; me faltaba la cadena, la billetera y el reloj. “¡Zas!, lo que faltaba”, pensé, “pero, ¿hasta cuándo me va a perseguir la jodida calamidad? El mes pasado me chocaron el carro, pérdida total, y encima, el policía dijo que yo era el culpable. El mes anterior entraron en la casa, mientras yo estaba en el trabajo, y me dejaron pelao... Y todavía no quieren que diga que el infierno es vivir, que peor que esto no puede haber nada. Sucederme a mí estas cosas, yo que nunca me meto con nadie, trabajo en forma disciplinada, guardo cada kilo, porque la vida está muy dura, y no confío ni en mi propia sombra, pero, ¡coño, siempre me dan!”
—Piensa bien –volví a oír.
—Decididamente, debo de estar loco –dije–, mira que creer que esa estúpida mariposa me habla –y manoteé al aire, tratando de espantarla.
—Me espantas, como a tu suerte –me dijo.
—Cállate ya, no te soporto.
—Si amaras a la vida, tendrías mejor suerte.
Ni le contesté y seguí el camino a casa. “Si al menos alguien me amara”. Ella revoloteó frente a mi cara y me dijo:
—¿A quién amas tú?
—A nadie –le grité.
—Esa es la razón de todo, tonto –me respondió.
Me tapé los oídos y salí corriendo hasta el recodo del edificio en el que vivía. Ya no la soportaba más, entré y me aseguré de cerrar la puerta detrás de mí, revisé todas las ventanas y me tiré en la cama... Allí estaba ella, en el techo, como cuando desperté. Fui al clóset de la cocina, cogí la escoba, y llegué al cuarto, dispuesto a despedazar a esa intrusa. No la vi. Busqué en el baño; allí estaba. Me le abalancé, golpeándolo todo, sin poder atinarle.
—Bruja, te voy a desguazar, ¿qué crees? –le gritaba.
Ella, por su parte, me contestaba:
—Piensa lo bueno, y eso verás. Ama, y recibirás amor.
—Cállate, bruja –le decía yo, y seguía corriendo por toda la casa, derribando muebles y adornos, sin poder darle ni un golpe.Sonó el timbre de la puerta, y al abrir, me encontré con dos oficiales de la policía.
—¿Qué sucede? –pregunté.
—Tenemos una denuncia por escándalo, señor –me respondieron.
—¿Qué dice?, ¿cuál escándalo? –respondí, airado.
El policía más bajito de los dos miró hacia adentro y me dijo:
—¿Cree usted que se puede destruir un apartamento de esa manera, a las dos de la madrugada, sin armar escándalo?
Volví la vista al interior, y en efecto, parecía que había pasado un tifón.
—¿Dónde está el oponente? –me preguntó.
—¿Qué oponente ni ocho cuartos?, estoy tratando de deshacerme de una intrusa –le dije.
—¿Dónde está? –volvió él a preguntar.
—No sé, se me ha perdido.
—Con su permiso –me dijo el policía más alto, haciéndome a un lado, entró y registró todo el apartamento. Le hizo un gesto al otro, y me dijo a mí:
—Tiene que acompañarnos.
—Pero, ¿por qué?
—Ya le dijimos que hay una denuncia.
—Vayan a la mierda con su denuncia, no voy a ninguna parte.
Forcejeamos, hasta que ellos me redujeron y me pusieron las esposas. Al salir del edificio, la vi en el techo del auto patrullero.
—Ahí está –grité–. Mírenla.
—¿Dónde?
—En el techo de su carro.
—¿Ahí?, sólo veo a una mariposa.
—Sí, es ella, suéltenme, déjenme atraparla. Habla –le dije a ella–. Diles que me has estado atormentando. ¡Habla, coño!
Me metieron en el carro, y me llevaron a la estación de policía. Me encerraron en una urna, bueno, en una celda moderna, que es de paredes de cristal. Aún estaba esposado, cuando la vi en el piso, y desenfrenadamente, zapateé para aplastarla, pero, nada, armé otra algarabía y ellos entraron.
—Te vas a estar quieto o no vas a salir nunca de aquí –me dijo un policía.
La miré con odio, con profundo rencor; me quedé quieto, más me valía.
—Sólo trato de ayudarte, sólo quiero decirte que tu forma de pensar atrae la mala suerte que te acompaña, y que hasta que no ames al menos a un ser humano, a un animal, a ti mismo, vivirás en el infierno en que te hallas –era nuevamente la vocecilla de la mariposa.
—Pero, ¿quién eres? –le pregunté, esta vez llorando.
—Soy tú, pero tú de verdad. Repite conmigo –me dijo–: Yo soy la vida, la vida es amor, yo amo a todos, y todos me aman a mí. Yo tengo la vida llena de amor. Dios es amor, y yo amo a Dios. Pero, siéntelo en tu corazón, confía en que estas palabras cambiarán tu vida.
Repetí todo aquello, sin sentido para mí.
—Vuelve a decirlo, hasta que realmente lo sientas –me pidió ella.
Lo repetí una y otra vez, hasta que, de pronto, sentí que mi pecho se hinchaba, que una agradable sensación me invadía, y todo lo vi claro; miré a la mariposa, y descubrí que tenía hermosos colores, y que su vuelo era suave y acariciador.
—Estás libre, y que te sirva de escarmiento –me dijo un policía, dejándome la puerta abierta.
Salí de la estación de policía, ya había amanecido y el sol brillaba radiante, el cielo lucía espléndido y todo el mundo sonreía. Tomé un taxi, y al llegar a la puerta del edificio, me acordé de que no tenía dinero; la noche anterior me habían asaltado. Hurgué en mi ropa, y en mi bolsillo estaba la billetera, luego miré mi muñeca izquierda, y tenía mi reloj; me toqué el cuello, y me colgaba la cadena; llevé mis manos a la cabeza, y no me dolía. Le pagué al chofer y le deseé un muy buen día. Entré a mi apartamento, y había un perfecto orden. Estaba muy sorprendido, también muy confuso. Al entrar al cuarto, miré hacia el techo; ella no estaba, pero en el espejo de la cómoda había escrito un mensaje:
Todo en el Universo mantiene un Orden,cuando se cumple la Ley 1:
Amor.
miércoles 22 de abril de 2009
TÚ
Después de tu amor, mi vida está en prisión, en la prisión de un cuerpo que se mueve, se anima por inercia. Mis ojos ven, mi retina está en perfectas condiciones; veo la luz del día a través de mi ventana, las nubes juegan en el azul cielo. Frente a mi calle hay una palma que mece sus hojas al viento. Todo esto sólo a veces lo veo en realidad, pero no me entusiasma, no me motiva. Sólo me recuerdan aquellos tiempos en que los dos mirábamos al día radiante, resplandeciente y sentíamos enormes deseos de salir a disfrutarlo, porque amábamos al día, cómo a nosotros mismos.Ahora todo ha cambiado, mutaciones del tiempo, aberraciones del alma. Amo tu recuerdo, amo el amor que me diste. Como si no fuese posible el olvido, amo el ayer que vivimos. Como si el tiempo fuese aliado, te amo más, como si fuese enemigo, no te evaporas, más bien, te renaces como mi desvelo, cada noche.Aquella mañana en que te vi por vez primera, algo en ti que no pude identificar, llamó poderosamente mi atención. ¿Cómo se transformaría esa atracción en tanta pasión? Imposible sin tu ayuda. Eras una contradicción con palabras y gestos muy singulares, eras la perfección de la belleza, y más allá de tu locuaz y frívola apariencia, había calor, leí sensibilidad a raudales. ¿Cuál era realmente tu vida?, eso no me importó. Después, la historia común. Un vacío en los sentimientos, ausencia de placer, ansiedad de calor y ternura, y yo, poniendo nuevos colores a tus días.
Una tarde de lluvia, una tarde llena de pasión. ¿Cómo oír el tin tin en los cristales, sin pensar en tu boca? La lluvia siempre ha provocado en mí una voluptuosa sensación, su sonido es sensual. Caminar bajo la lluvia es como enjuagar el espíritu. El opaco y gris día que la precede habla de nostalgia, pero con calor, con la tibia sensación de dos cuerpos. Y tú, precisamente tú, sentías también una especial atracción por esos días.
Los primeros días en que nos tratamos se entabló una secreta conspiración, una silente complicidad, sin detenernos a pensar por qué, ni de qué. El juego de palabras sin sentido aparente, la burla tácita que se asomaba, nos iba identificando día a día. Nada parecía tan serio como reír contigo.
Admiraba tu cuerpo, pero sin reparar con cuánta frecuencia lo hacía; me gustaban (en el buen sentido o el único que el gusto tiene) tu cara y tu mirada. Recuerdo que un día mencionaste un autor de mi predilección y dijiste una frase de mi libro favorito. “Esto es comunión”, pensé, sin saber que más tarde la comunión sería en cuerpo y alma.
Estoy tan profundamente en el recuerdo, que el tiempo no tiene dimensión. Eres el alimento de mis horas, y tanto el sol como la luna pasan alrededor de ti. ¿Que sufro?, eso ya lo sé, pero los artistas (que poca modestia) volcamos en la inspiración el dolor.
Con un acuerdo sin palabras, tú saliste en el momento indicado, para que yo tomara tu teléfono y te dejara el mío. Ahora sabemos que ninguno de los dos se atrevió a usarlo en los siguientes dos días; pero el ansia nos corroía, perdimos toda concentración. Yo inicié las llamadas, desde el primer momento fue como algo establecido, como lo más natural, como el sol que siempre sale por el este.
Y nos vimos en aquel lugar tan lleno de gente, gente ajena a todo lo que bullía dentro de nosotros. Aún te veo junto a la fuente. No era necesario decir qué sentíamos, por qué estábamos allí, nos comunicábamos tan perfectamente en el silencio, que parecíamos dos iniciadores de un culto.
El mar es evocativo, es sedante y enervante a un tiempo, tiene propiedades que él mismo desconoce, pero tú y yo las apreciamos muy de veras. Contemplando el mar, puedo soñar contigo y puedo sentir la vida impetuosa retando a mi temor.La noche en que estuvimos a la orilla de la playa, recostados en tu auto, ambos mirábamos en silencio la extensión del océano, y nos invadía su profundidad, que era como sumergirnos en la nuestra.Las olas tienen un sonido único cuando acarician la arena y se recogen, como el amante furtivo que viene te besa y se va. Como tú, que al entregarte, envolvías algo de mí en cada retirada. Te llevabas cada día mis ostras, mis caracoles y mi piel, dejándome con la humedad, con la espera de tu abrazo por toda necesidad.
El brillo de tus ojos aquella tarde, la tercera en que nos veíamos, en un lugar público, como siempre, me dijo que una parte de ti ya me pertenecía. Al leve roce de nuestras manos, mi corazón se aceleró, y creo que tú pudiste oírlo o lo confundiste con el tuyo.
Por fin llegó el ansiado, el esperado, imposible de relegar por más tiempo: el día. Y en aquella habitación, que ni tuya ni mía, fue de los dos; abrimos paso a la llama que nos cobijó. Tu cuerpo desnudo, tu piel, a laluz, sin el pudor de las ropas, con la fiebre recorriéndote los poros, con la dulce exaltación de los sentidos, con el estremecimiento de lo que hoy sabemos, abrió el amor.
Tu boca, siempre sedienta, mis labios, siempre prestos a los tuyos, confundiéndose, sin despegarse; las palabras brotaban, y no dábamos espacio al aire a pasar entre los labios. Susurros que decían lo que eras para mí, lo que tú alma sentía, y el placer nos embriagaba, para afirmar que nunca nadie fue de alguien como nosotros nos pertenecíamos.
A veces, quisiera detener todos los relojes y que el tiempo no transcurriera, porque su marcha es desesperación, agonía, en la espera de oír tu voz, de verte aparecer, cosa que sólo logro a voluntad en mis sueños.
Un huracán se ha interpuesto entre nosotros, muchas borrascas hemos tenido que desafiar: la razón, el éxito social, el deber; pero ese niño que vive entre nosotros: el amor, es el más fuerte y se crece ante el dolor.
Nos veíamos a diario, y ya fuera por unos minutos o por largas horas, nos dábamos todo y nos llevábamos el alma repleta de ilusión. Yo renacía a cada momento con tu mirada, tú respirabas de mi aliento, para cargar en tus pulmones oxígeno de amor, hasta un nuevo encuentro.
La música, divino lenguaje, idioma que llega a todos. Las notas elevan nuestro espíritu, nos conectan con el pasado, como en una meditación, y te veo, sí, no te imagino, te veo en la penumbra de mi habitación, alborotando tu pelo, es decir, peinándolo, según tú. Y corres del cuarto de baño al dormitorio, pasas veloz por la sala, porque, como siempre, se te hace tarde. No time, no time. I’m late, I’m late: como el conejo de Alicia en el país de las maravillas. Y yo estuve allí, en el país de las maravillas, al creer que aquel amor sería para mí; quizás fue iluso aún el pensar que aquelloera amor. No se levantan puentes donde existe un camino.
En un ataque de pasión, decidiste romper con todo, abrigarte con mi amor, claro que no lo dijiste así. Tú hiciste una muy razonable exposición acerca de los años que habías perdido al lado de alguien que nunca te hizo feliz, y de la relevancia que tenía en tu vida nuestra relación, adornaste con flores, pusiste aroma de incienso y música de Bach en mi ambiente.
No existe la menor duda de que exaltaba la pasión en ti. No sólo te manifestabas voluptuosamente, sino que te transformabas en fragor. Sufrías la metamorfosis, tan sólo en un imperceptible gesto, olvidando el tiempo, te sumergías en el mar de la convulsión y el gemido, elevándote al cosmos, al infinito.
Vi desesperación, decepción y angustia en tu rostro, cuando las ilusiones se te empezaron a desmoronar; la otra parte no soltaba la soga, y entre intimidaciones y tiranía psicológica, te envolvías en un absurdo sentimiento de culpabilidad. Nunca imaginé que llorarías por mí, por esta relación que reflejaba en tu rostro que los astros te sonreían, pero juntos navegamos en nuestras propias lágrimas, en un día que fue, quizás, en el que más nos dimos, como suele hacerse en las despedidas.La lucha comenzó, y visiblemente te debatías entre lo que querías y lo que debías; bueno, esto según tu propio juicio. Mi apreciación, tenías miedo, existía en ti una marcada debilidad psicológica, a la que la otra parte sabía sacarle el mejor partido. Poco a poco te debilitabas, en ocasiones, te veías como un enfermo terminal. En mi presencia, sacabas fuerzas para seguir sonriendo, pero suavemente te apagabas.Una tarde, jugaste tu última carta, así dijiste al marcharte, y perdiste.
Pusiste de relieve tu cobardía, no dándome la cara; tenía yo que interpretar un doloroso silencio y tu escueta explicación: “No puede ser”. Fuiste al cabo de dos meses reincidente, de lo que asumo la total responsabilidad. En mi mundo, el ser humano lucha por lo que ama, y sólo de necios es la retirada.
Ya no había nada más que discutir, nada que analizar y, menos aún, que resolver. Tú sólo veías oscuridad, y yo sabía que para amar no se lucha en contra de, si no a favor de.Tú, como presa herida en el orgullo, en impotencia, revolcándote en tu propio dolor, agrediste y golpeaste al amor. Fue la única defensa que te quedó. Matar al amor. Hiciste todo lo posible por apuñalarlo, por desgarrarlo. Tú necesitabas ver la existencia de un falso sentimiento. Reconozco que te quedó bien, fue tu mejor actuación, pero, para tu desventaja, yo, como buen espectador, estuve consciente en todo momento de que ponías lo mejor de ti para interpretar ese papel.
Fuiste como un rayo de sol que entra por la ventana; su llegada es tan sutil, que te deja extasiado, que no aciertas a darte cuenta cuándo llenó la habitación, pero ahí está. Luego se marcha del mismo modo, y sólo hay un instante en que notas que se acabó el calor.Una mañana, llegué a la misma oficina, a la misma hora, y miré hacia el mismo lugar. Tú no estabas, habías desaparecido, en tu lugar, se sentaba alguien que tenía tu pelo, tu nariz e igual boca, y hasta los mismos rasgos de tus ojos, pero en aquella mirada no estabas tú. Sencillamente te habías ido.
Una tarde de lluvia, una tarde llena de pasión. ¿Cómo oír el tin tin en los cristales, sin pensar en tu boca? La lluvia siempre ha provocado en mí una voluptuosa sensación, su sonido es sensual. Caminar bajo la lluvia es como enjuagar el espíritu. El opaco y gris día que la precede habla de nostalgia, pero con calor, con la tibia sensación de dos cuerpos. Y tú, precisamente tú, sentías también una especial atracción por esos días.
Los primeros días en que nos tratamos se entabló una secreta conspiración, una silente complicidad, sin detenernos a pensar por qué, ni de qué. El juego de palabras sin sentido aparente, la burla tácita que se asomaba, nos iba identificando día a día. Nada parecía tan serio como reír contigo.
Admiraba tu cuerpo, pero sin reparar con cuánta frecuencia lo hacía; me gustaban (en el buen sentido o el único que el gusto tiene) tu cara y tu mirada. Recuerdo que un día mencionaste un autor de mi predilección y dijiste una frase de mi libro favorito. “Esto es comunión”, pensé, sin saber que más tarde la comunión sería en cuerpo y alma.
Estoy tan profundamente en el recuerdo, que el tiempo no tiene dimensión. Eres el alimento de mis horas, y tanto el sol como la luna pasan alrededor de ti. ¿Que sufro?, eso ya lo sé, pero los artistas (que poca modestia) volcamos en la inspiración el dolor.
Con un acuerdo sin palabras, tú saliste en el momento indicado, para que yo tomara tu teléfono y te dejara el mío. Ahora sabemos que ninguno de los dos se atrevió a usarlo en los siguientes dos días; pero el ansia nos corroía, perdimos toda concentración. Yo inicié las llamadas, desde el primer momento fue como algo establecido, como lo más natural, como el sol que siempre sale por el este.
Y nos vimos en aquel lugar tan lleno de gente, gente ajena a todo lo que bullía dentro de nosotros. Aún te veo junto a la fuente. No era necesario decir qué sentíamos, por qué estábamos allí, nos comunicábamos tan perfectamente en el silencio, que parecíamos dos iniciadores de un culto.
El mar es evocativo, es sedante y enervante a un tiempo, tiene propiedades que él mismo desconoce, pero tú y yo las apreciamos muy de veras. Contemplando el mar, puedo soñar contigo y puedo sentir la vida impetuosa retando a mi temor.La noche en que estuvimos a la orilla de la playa, recostados en tu auto, ambos mirábamos en silencio la extensión del océano, y nos invadía su profundidad, que era como sumergirnos en la nuestra.Las olas tienen un sonido único cuando acarician la arena y se recogen, como el amante furtivo que viene te besa y se va. Como tú, que al entregarte, envolvías algo de mí en cada retirada. Te llevabas cada día mis ostras, mis caracoles y mi piel, dejándome con la humedad, con la espera de tu abrazo por toda necesidad.
El brillo de tus ojos aquella tarde, la tercera en que nos veíamos, en un lugar público, como siempre, me dijo que una parte de ti ya me pertenecía. Al leve roce de nuestras manos, mi corazón se aceleró, y creo que tú pudiste oírlo o lo confundiste con el tuyo.
Por fin llegó el ansiado, el esperado, imposible de relegar por más tiempo: el día. Y en aquella habitación, que ni tuya ni mía, fue de los dos; abrimos paso a la llama que nos cobijó. Tu cuerpo desnudo, tu piel, a laluz, sin el pudor de las ropas, con la fiebre recorriéndote los poros, con la dulce exaltación de los sentidos, con el estremecimiento de lo que hoy sabemos, abrió el amor.
Tu boca, siempre sedienta, mis labios, siempre prestos a los tuyos, confundiéndose, sin despegarse; las palabras brotaban, y no dábamos espacio al aire a pasar entre los labios. Susurros que decían lo que eras para mí, lo que tú alma sentía, y el placer nos embriagaba, para afirmar que nunca nadie fue de alguien como nosotros nos pertenecíamos.
A veces, quisiera detener todos los relojes y que el tiempo no transcurriera, porque su marcha es desesperación, agonía, en la espera de oír tu voz, de verte aparecer, cosa que sólo logro a voluntad en mis sueños.
Un huracán se ha interpuesto entre nosotros, muchas borrascas hemos tenido que desafiar: la razón, el éxito social, el deber; pero ese niño que vive entre nosotros: el amor, es el más fuerte y se crece ante el dolor.
Nos veíamos a diario, y ya fuera por unos minutos o por largas horas, nos dábamos todo y nos llevábamos el alma repleta de ilusión. Yo renacía a cada momento con tu mirada, tú respirabas de mi aliento, para cargar en tus pulmones oxígeno de amor, hasta un nuevo encuentro.
La música, divino lenguaje, idioma que llega a todos. Las notas elevan nuestro espíritu, nos conectan con el pasado, como en una meditación, y te veo, sí, no te imagino, te veo en la penumbra de mi habitación, alborotando tu pelo, es decir, peinándolo, según tú. Y corres del cuarto de baño al dormitorio, pasas veloz por la sala, porque, como siempre, se te hace tarde. No time, no time. I’m late, I’m late: como el conejo de Alicia en el país de las maravillas. Y yo estuve allí, en el país de las maravillas, al creer que aquel amor sería para mí; quizás fue iluso aún el pensar que aquelloera amor. No se levantan puentes donde existe un camino.
En un ataque de pasión, decidiste romper con todo, abrigarte con mi amor, claro que no lo dijiste así. Tú hiciste una muy razonable exposición acerca de los años que habías perdido al lado de alguien que nunca te hizo feliz, y de la relevancia que tenía en tu vida nuestra relación, adornaste con flores, pusiste aroma de incienso y música de Bach en mi ambiente.
No existe la menor duda de que exaltaba la pasión en ti. No sólo te manifestabas voluptuosamente, sino que te transformabas en fragor. Sufrías la metamorfosis, tan sólo en un imperceptible gesto, olvidando el tiempo, te sumergías en el mar de la convulsión y el gemido, elevándote al cosmos, al infinito.
Vi desesperación, decepción y angustia en tu rostro, cuando las ilusiones se te empezaron a desmoronar; la otra parte no soltaba la soga, y entre intimidaciones y tiranía psicológica, te envolvías en un absurdo sentimiento de culpabilidad. Nunca imaginé que llorarías por mí, por esta relación que reflejaba en tu rostro que los astros te sonreían, pero juntos navegamos en nuestras propias lágrimas, en un día que fue, quizás, en el que más nos dimos, como suele hacerse en las despedidas.La lucha comenzó, y visiblemente te debatías entre lo que querías y lo que debías; bueno, esto según tu propio juicio. Mi apreciación, tenías miedo, existía en ti una marcada debilidad psicológica, a la que la otra parte sabía sacarle el mejor partido. Poco a poco te debilitabas, en ocasiones, te veías como un enfermo terminal. En mi presencia, sacabas fuerzas para seguir sonriendo, pero suavemente te apagabas.Una tarde, jugaste tu última carta, así dijiste al marcharte, y perdiste.
Pusiste de relieve tu cobardía, no dándome la cara; tenía yo que interpretar un doloroso silencio y tu escueta explicación: “No puede ser”. Fuiste al cabo de dos meses reincidente, de lo que asumo la total responsabilidad. En mi mundo, el ser humano lucha por lo que ama, y sólo de necios es la retirada.
Ya no había nada más que discutir, nada que analizar y, menos aún, que resolver. Tú sólo veías oscuridad, y yo sabía que para amar no se lucha en contra de, si no a favor de.Tú, como presa herida en el orgullo, en impotencia, revolcándote en tu propio dolor, agrediste y golpeaste al amor. Fue la única defensa que te quedó. Matar al amor. Hiciste todo lo posible por apuñalarlo, por desgarrarlo. Tú necesitabas ver la existencia de un falso sentimiento. Reconozco que te quedó bien, fue tu mejor actuación, pero, para tu desventaja, yo, como buen espectador, estuve consciente en todo momento de que ponías lo mejor de ti para interpretar ese papel.
Fuiste como un rayo de sol que entra por la ventana; su llegada es tan sutil, que te deja extasiado, que no aciertas a darte cuenta cuándo llenó la habitación, pero ahí está. Luego se marcha del mismo modo, y sólo hay un instante en que notas que se acabó el calor.Una mañana, llegué a la misma oficina, a la misma hora, y miré hacia el mismo lugar. Tú no estabas, habías desaparecido, en tu lugar, se sentaba alguien que tenía tu pelo, tu nariz e igual boca, y hasta los mismos rasgos de tus ojos, pero en aquella mirada no estabas tú. Sencillamente te habías ido.
martes 7 de abril de 2009
EL VECINO
—¡Que se ha ido! ¿No lo ve usted? Esa inconsciente –gritaba, nerviosa, Josefa.
—¡Cálmese, Josefa, cálmese. A ver, explíqueme, por favor, deseo ayudarla –dijo su vecino.
La señora, presa de la angustia, hablaba a tropel, y su paciente vecino unía palabras, enlazaba frases, hasta entender que la nieta de Josefa se había marchado de la casa.
—Siempre lo dije –insistía la mujer–, nada bueno podía salir de ese noviazgo; él es americano, está criado a la buena de Dios, o del diablo, vaya usted a saber.
—Le daré una taza de tilo –dijo el vecino–, se recostará y tratará de dormir; su nieta regresará. Esto es sólo un susto, una tormenta en un vaso de agua; quizás la muchacha sólo ha salido a dar un paseo.
El vecino se movía como en su propia casa, como en su hogar, porque esa fue la sensación que experimentó cuando hace dos años la familia Hernández se mudó precisamente a la casa que colinda con su patio. Hacía años que vivía en ese lugar, pero, aunque alguna vez hubo familia en su casa, para él no fue un hogar, sólo una casa.
Reinaba la calma, la señora Josefa, después de tomar el tilo, había llorado en silencio, y ahora, recostada en el butacón del Florida Room, aparentaba dormir; tenía los ojos cerrados y su respiración era lenta y acompasada. El vecino sabía que ella necesitaba estar sola; miró sus manos sobre el pecho, apretaban un rosario.
Él se retiró a la sala, no podía dejarla sola, no, a pesar de estar durante tantos años respirando esta sociedad, en donde la frialdad tiene ritmo de reloj; él aún sentía que el fluido de sus venas era caliente, por esto y por todo lo que representaba la familia Hernández, decidió quedarse en la sala. “Pero, ¿dónde estaban los demás? ¡Ah!, sí, Josefa, en su incoherente relato, dijo algo de una celebración. Sí, claro, si al parecer esa fue la coyuntura que la muchacha aprovechó. Era injusta, pero no dejaba de tener lógica.
Esta familia de arraigo hispano, pese a vivir en el norte del continente americano, persistía en costumbres y estatutos hoy y aquí ya arcaicos.Mi familia era igual, todos unidos, todos, todos, era una dependencia asfixiante. Mis recuerdos, por muchos años permanecieron en tinieblas; yo había saltado a otro modus vivendis, dejé con todo gusto las costumbres y tradiciones, la comida familiar de los domingos, la vueltecita a la vieja, o la llamada diaria, pero no lo había olvidado realmente, y aun cuando tenía conmigo a Magda y a los muchachos, sentía que algo me faltaba”.
—¿Qué pasa, mi vieja? –dijo el vecino, al ver a Josefa parada en el umbral.
—No puedo dormir, hijo –rezongó–, ¿tú crees que se puede dormir con esta preocupación? –y siguió hablando sin parar– En mis tiempos era otra cosa, eran tiempos de disciplina, el padre era el padre, con razón osin ella, y ¡ay! de quien no lo respetase. Y así mismo era con todos los mayores. ¿Recuerda usted a un hijo diciéndole a su madre: “¿Eso no es cosa tuya, mamá?” –continuó, sin esperar respuesta–. No, no, claro que no, eso es lo que yo digo.Los padres cuidaban a sus hijos, sabían qué era lo que les convenía; nosotros, los hijos, oíamos, atendíamos a sus consejos, y así es que debe de ser. Yo fui hija, y no crea que siempre me gustaban las decisiones y las imposiciones, pero aguantaba, porque si la familia no está unida, entonces pasa lo que se ve aquí. Un viejo americano se muere, y ahí lo ponen en la caja, dos o tres personas pasan frente al cuerpo y hasta el entierro. ¡Válgame Dios, que ya el pobre ni se entera!, pero qué me dice de cuando está achacoso, pa’l home, eso es lo único que sabe hacer la familia, deshacerse del pobre viejo. Nosotros somos diferentes, queremos a nuestros viejos, hasta que les cerramos los ojos, y así debe ser: ellos nos lo dieron todo. Papá murió joven, cuarenta y seis años, pero su enfermedad lo tuvo muchos meses en cama, y ni mi mamá, ni mis hermanos, ni yo dejamos de cuidarlo día y noche. Hoy no, hoy le pagan a una enfermera, a quien ni le importa ni le duele, y se sientan a esperar la noticia de la defunción –se levantó despacio, con paso cansado, y se fue a la cocina–. ¿Quiere una tacita de café?
Tiene razón, cuando yo me sentí libre de ataduras familiares, revolotearon mis sueños. Al año de disfrutar de mi libertad, que no constituye otra cosa que no tener quien se preocupe por nuestra salud, que no haya alguien esperándonos, si llegamos a casa de madrugada, o que falte una voz para reclamarnos ante lo mal hecho, me enfermé; no quisiera recordarlo, una pierna enyesada hasta la cadera, arrastrarla hasta el botiquín, para tomar un calmante, o cojear hasta la cocina, para no morir de inanición. ¡Bendita sociedad de la libertad y la indolencia!
Josefa fue a la cocina, y se le oyó decir:
—Venga, en la cocina estaremos mejor –y enseguida, continuó con su cuento–. Papá tenía una bodega en la esquina de la casa, en la calle Compostela. Cuando mis hermanos iban cumpliendo los doce años, ya empezaban a ayudarle, ¿sabe por qué?, porque todos debíamos cuidar por el bienestar de la familia. Otros crían de modo distinto, y los hijos sólo esperan con toda tranquilidad la herencia; de dónde salió el dinero, a nadie le importa –mientras hablaba, sus manos doblaban cuidadosamente el borde del mantel, para después desdoblarlo, en un movimiento continuo y compulsivo–. Papá heredó esa bodega del gallego que le echó una mano cuando él llegó de España. Ese señor no tenía familia, y le cogió gran afecto a mi papá, que para aquel entonces era un jovencito, así que cuando murió, mi papá se quedó con deudas por más valor que la bodega. Pero como papá era un hombre muy trabajador y tenía dos grandes afanes: enviar dinero a su viejita y casarse con mi mamá, en dos años se las ingenió para sacar adelante la bodega, y entonces se casaron. En esa casa, en la esquina de la bodega, nacimos y nos criamos todos; diez hermanos.
—Discúlpeme, Josefa –dijo el vecino–, pero oigo el timbre de mi teléfono. Voy un momento, por si es algo importante, enseguida regreso.
—Sí, hijo, vaya usted.
“Le mentí a Josefa, pero sus anécdotas se parecen tanto a la vida de mis padres, a la de mis abuelos, a la mía; creo que necesitaba volver a mis propios pensamientos, y mientras ella habla, no consigo desconectar mi atención. Cuando me golpeé la cara con la soledad, estúpidamente, lo único que se me ocurrió como medida de solución fue el matrimonio, llenar mi casa y mi vida con la presencia de una mujer y tener hijos, en quienes descargaría, muy a mi pesar, mis ansias de calor, donde ataría el cabo suelto de mi cuerda, donde depositaría mi heredada idiosincrasia, sin tener en cuenta que la madre de mis hijos no era un objeto moldeable.Claro que me enamoré, era la mujer perfecta para un hombre que, como yo, quería amor, ternura, ilusiones; sólo que ella era mi esposa, no mi madre, y era una mujer muy independiente, lo cual me molestaba, porque esa independencia la pasaba a nuestros hijos.Cuando éramos novios, hablábamos de nuestras respectivas familias, y entre burlas y jocosidades, llegamos a la conclusión de que ambos habíamos sido criados en una rigurosidad casi feudal. Pero yo no conté con que ella sí se había adaptado muy felizmente al trato cortés, a la formación individual, y la primera discusión de esta índole la tuvimos en plena luna de miel. Ese día, por neutralizar, callé lo que más tarde, años después, no sirvió de nada decir. Es que resulta imposible entender cómo puede un ser humano ver a otro en dificultades y mantener la frialdad suficiente para pensar en evitarse contrariedades o molestias, y eso no puedo aceptarlo. En algunos casos puedo entenderlo, pero no socorrer a una persona accidentada en plena calle, o no levantar a un anciano que se cae en la esquina, como pretendió Magda que hiciera, y esperar hasta tomar un teléfono y llamar al rescue, o avisar a la policía, me parece demasiado. En algo sí tenía razón, nuestra gente es metiche, controladora y dominante, pero, ¿qué es peor, que miren y comenten, que tus padres observen a tus amigos y te aconsejen, o que un niño de siete años cierre la puerta de su cuarto, y al llamarlo te diga que no puede atenderte porque está ocupado, y que la gente mire con más discreción, porque siempre miran y comentan, y entonces, cuando grites por ayuda, nadie se asome a ver que te pasa?
¡Uf!, déjame volver con Josefa.”
—¿Se durmió, Josefa? –le preguntó, entrando.
—No, hijo, venga.
—¿Alguna novedad? –volvió él a preguntar.
—Nada, todos se han olvidado. Fíjese usted que ya son las diez de la noche; no piensan que yo me preocupo, sólo piensan en divertirse.
—Pero recuerde que me dijo que estaban en una celebración, no regresarán temprano. Y, dígame, ¿no le dijeron adónde iban?
—Sí, me lo dijeron. Pero con esos nombres tan extraños y mi memoria tan mala, no me acuerdo. Usted sabe cómo está la calle: robos, violaciones, asaltos. Todo es violencia, entonces, ¿tengo o no motivos para preocuparme?
—Sí, desde luego –respondió el vecino, dándole la razón–, todos estamos a riesgo en la calle, pero tampoco hay que pensar siempre lo malo.
—Sí, ¿sabe qué me recordó ahora usted? –dijo Josefa, animándose en la conversación–, que mamá decía que las malas noticias venían en avión, mientras las buenas en carreta, pero no por ello se preocupaba menos –comenzó a reír–. Pepe era el tercero, ayudaba a papá por las mañanas, y estudiaba por las tardes, pero todos los mediodía, al regresar de la bodega, se quedaba en un placer, jugando a la pelota, y llegaba tarde a almorzar. Mamá, en cuanto pasaban unos minutos, empezaba a dar paseítos de la cocina a la puerta y de la puerta a la cocina; la pobre, que en paz descanse, decía: “Este muchacho me va a matar de un disgusto, sabe Dios si le ha pasado algo; un carro, una riña, esos mataperros de la otra cuadra”. Y tú puedes creer que el día que más temprano llegó, le traían con un brazo partido; se había caído de una mata en la que se había trepado para zafar un papalote. Primero mamá se asustó, pero después que regresaron de la casa de socorro, le quitó los pantalones y le dio una zurra por los pies, para que no se encaramara más –se puso de pie y caminó hacia la ventana–. Vio usted el edificio que están haciendo en la otra esquina, parece un cajón de bacalao, chico. Después dicen queuna está en contra del modernismo, pero es que lo feo es feo, y estas construcciones no se pueden comparar con las de antes, y menos con las de nuestros países; eran fuertes, pero, además, bonitas, esos balcones de mampostería, todos torneados, las paredes eran esculturas. ¿Es o no verdad? –preguntó, y continuó, segura de que tenía la razón–, claro que esos edificios de cien pisos, con las paredes de espejos, son bonitos, son lujosos, pero uno de mil. Mira ese, es un cajón con huecos –corrió las cortinas y entró en la cocina–. ¡Ah!, mire, se me había olvidado, con todo este jaleo, ¿quiere un platico de fabada?
—¡Uhmm!, que rico, ¿cómo decir que no?–contestó el vecino–. Siempre he pensado que la parte culinaria es la mejor herencia española.
—Claro que sí –afirmó Josefa–. ¿Tú has visto cómo la gente come esa porquería de lata?, una mano de comidas extrañas. Mira, una buena carne asada no tiene discusión, un buen plato de caldo gallego levanta a un muerto.El otro día –continúo Josefa, después de un largo silencio– fui a ver a la muchacha del seguro social, la que me arregla los papeles. ¿Qué tú crees?, que yo llevo una cajita de bombones. Pues allá salta mi hija, conque para qué gasto mi dinero en eso. Chico, es que no piensan en nada que no sea ellos. Yo te digo, a estos de aquí no se quién los cambió, porque yo los eduqué muy distinto. Este país, viejo, este país.Mientras ella seguía con sus cuentos, el vecino pensaba en su vida.
“Magda se cansó de mí, dijo que yo la ahogaba, y se fue de la casa con los dos muchachos. Y ya, abogado, pensión. ¡Qué porquería!, pero me lo merezco, por no haber valorado a mi familia.”
—Oye, chico, ¿tú viste el problema del bilingüismo?, pero le zumba. Fíjateque los españoles llegaron a Cuba, después los americanos, se fajaron, y oye, yo no estoy en contra, pero se la cogieron, y ahora resulta que en las escuelas de aquí enseñan español. Y a la verdad también los primeros en llegar aquí fueron los españoles. Oye mi’jo, mira, a ver si tú ves aquí –decía, trayendo una hojita de papel– el teléfono de Juan. Él es el primo de mi yerno, a ver si él sabe dónde están, porque mira la hora que es. ¿Qué hora es?
—Las once –contestó el vecino.
—Mira eso, y esa niña –exclamó Josefa– se fue, te digo que se fue. Si es que ella no tiene permiso para salir con ese americano nunca. La verdad, en esta casa todo el mundo se ha americanizado mucho, pero en eso, gracias a Dios, mi yerno se mantiene duro.
—Aquí está –le dijo el vecino–, yo marco el número y usted habla con él.
—Juan, chico, soy yo –decía ella por el teléfono–. ¿Tú sabes adónde iban en esa celebración...? Ellos me dijeron, pero esos nombres, pari no sé qué... ¡Ah!, bueno, chico, es que mi nieta... Bueno, tú vas pa’lla... Sí, dile a mi hija que venga rápido, que yo la necesito... No, chico, yo estoy bien, es la niña, que salió y... No le digas a nadie, pero se fue con ese americano... Está bien, gracias, mi’jo.
Josefa colgó y se fue directo a sentarse en su sillón de mimbre, mientras exclamaba:
—¡Todos son iguales, qué cosa! –de inmediato, siguió–. Tú ves este sillón, setenta dólares pagué por él. Qué robo, viejo, aquí no respetan el dinero.
—¿Qué pasó, Josefa, qué le dijeron?–indagó el vecino, al ver que ella no le contaba de su conversación telefónica.
—¡Ah!, dice que él va pa’ llá ahora y que se lo dice a mi hija. Pero, como todos, dice “No te preocupes, vieja”. Es la nueva generación.
Josefa se calló, y el vecino, reclinado en un butacón, se quedó dormido, hasta que el ruido de la puerta lo despertó.
—¿Qué pasa, vecino? –le dijo Julio al entrar.
—No, que la vieja estaba preocupada.
—Oye, Julio, esta chiquita se nos fue –gritó Josefa.
—¿Quién, mamá?, ¿adónde? –preguntó su hija.
—Amelita, tú sabes que a mí nunca me gustó...
—¿Amelita? –dijo la hija, sin dejarla continuar–, pero si viene con nosotros.
—¿Cómo con ustedes? –Josefa no entendía nada.
—Sí, mamá, ella se quedó esperando a Ricky, y cuando él llegó, fueron al party dónde estábamos nosotros.
—No le dije, vecino –exclamó Josefa, mirando a su paciente vecino–, aquí todos viven a la buena de Dios, nadie me dice nada, y yo, muriéndome de la preocupación. Son unos desconsiderados. Este país, yo no sé a qué vine yo, si a mí nadie me necesita...La algarabía se armó, y el vecino se fue, dejando una muy acalorada y amena discusión familiar a sus espaldas.
“Hasta esto lo extraño yo, si, después de todo, Josefa tiene toda la razón”.
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